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En 1953, un artículo publicado en una revista francesa oficial sugirió que naves supersónicas alimentadas por energía cósmica podrían existir. Este texto, escrito por un oficial aeronáutico, fue interpretado como una posible admisión por parte de la Fuerza Aérea francesa de la existencia de platillos volantes. Además, en 1945, un ingeniero alemán, George Klein, describió experimentos con discos volantes que alcanzaban velocidades extremas. Los soviéticos capturaron uno de estos prototipos, mientras otros investigadores desaparecieron tras la ocupación de Praga. En 1954, un italiano patentó un disco volante con diseño innovador, aunque fue rechazado por su país. El inventor planeaba ofrecer su invención en otro lugar, y se rumoreaba que ya mantenía contactos con autoridades estadounidenses.